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Un ejercicio práctico de resignificación



Un monumento es la memoria de algo que sucedió. Pero, ¿qué pasa cuando lo quito del espacio público? ¿Hago esto porque quiero que esa historia no exista? ¿Destruir la memoria, puede ser la respuesta a la reparación de un dolor que se trae ancestralmente? Pero, para perdonar no es necesario olvidar, y esto lo hemos aprendido con el Proceso de Paz, entre el gobierno colombiano y las antiguas Farc. ¿Realmente es una cuestión de olvidar o hay algo detrás de estas simples conjeturas?


En los últimos meses indígenas del pueblo Misak, ubicados en el Cauca, han sido protagonistas de nuestra opinión pública al derribar estatuas como la de Sebastián de Belalcázar y Gonzalo Jiménez de Quesada, en algunas de las principales ciudades del país. Los Misak nos han puesto a pensar en la construcción y deconstrucción social que hay de nuestros símbolos patrios a través de tres palabras claves: identidad, temporalidad y resignificación.


Es importante que tengamos presente que, en la actual coyuntura de Colombia, los monumentos intervenidos, por el pueblo Misak, dan paso a un discurso de poder en el que el Estado -defensor de los bienes de patrimonio cultural- y los pueblos originarios -resignificadores de la historia- presentan dos ideas que, si bien, no conversan entre sí, terminan siendo una forma de discutir el sentido del patrimonio. Lo anterior, enmarcado en un movimiento global que rechaza aquellos símbolos de opresión y racismo por medio de la intervención a una serie de esculturas expuestas.


La identidad nacional


La construcción de una nación y el sentido de pertenencia hacia ella -conocido como identidad nacional- pasan por la definición de ciertos símbolos como lo son los himnos, banderas y mitos, incluso llegamos a determinar cuál es la flor, árbol o animal propios de la región. Sin embargo, un elemento fundamental de la identidad nacional es la creación de una historia patria llena de héroes que son inmortalizados a través de diferentes medios; uno es el nombramiento de lugares, como barrios y calles, otro es la narración de sus hazañas, expuestos en la academia, y finalmente, encontramos la creación de monumentos que nos permiten conmemorarlos.

Escudo del pueblo indígena Misak.


Esto es lo que históricamente se enseña y como sociedad aprendemos. No obstante, vale la pena preguntarnos por la elección de estos personajes en la memoria histórica del país. Si algo nos dice el que ahora haya tantas formas de resignificar monumentos, es que estos no están siendo un símbolo de identidad nacional. En especial, cada forma en la que ha sido intervenido uno u otro nos indica que hay una gran cantidad de grupos sociales -niños, mujeres, indígenas, afros, campesinos, comunidad LGTBIQ, etc- que, si bien, comparten esa historia como ciudadanos de Colombia, no logran sentirse identificados con ella.


“Símbolos de la desmemoria que han existido en todos los pueblos.” (Didier Chirimuscay, líder del pueblo indígena Misak).

Según el doctor en antropología, Manuel Salge Ferro, en su escrito Desplomar monumentos para resignificar su existencia, uno de los puntos que no tenemos en cuenta a la hora de estudiar estas problemáticas es que, “el patrimonio no es ni un objeto, ni un lugar, ni una práctica. El patrimonio es un atributo, es un adjetivo que se otorga, no una condición inherente a la naturaleza de las cosas”. Dicho de otra manera, los monumentos de Belalcázar y de Jiménez de Quesada son patrimonio porque unos agentes le otorgaron tal condición; pero las estatuas no fueron patrimonio por sí mismas.


En ese orden de ideas, es pertinente recordar que la identidad nacional que atribuimos a ciertos objetos termina siendo un asunto meramente, de valoración, el cual se transforma a medida que la sociedad evoluciona. Lo dicho hasta aquí supone que, los símbolos patrios son el resultado de un ejercicio individual y subjetivo. De acuerdo con lo anterior, ¿quién es el ente adecuado para decidir el valor de un monumento? ¿Los pueblos originarios, el gobierno de turno, expertos, el Estado?


La historia contada desde unos lugares específicos


Con el desarrollo de la nación y sus símbolos, se fueron creando una serie de políticas de memoria que se encargaban de materializar, codificar y dotar de sentido lo que se creía era parte de la identidad colombiana. En ese proceso la conmemoración de hechos y personas se tornó en un asunto que dio representación y visibilización a todo lo que estaba en sincronía con las élites y los intereses de estas en las políticas de aquel entonces.

“Violencia simbólica contra todos los pueblos indígenas que hoy existimos y persistimos con identidad.” (Extracción del comunicado del Consejo Regional Indígena del Cauca, septiembre del 2020).

Hombres blancos, hispanos y con muchísimo poder se convirtieron en los símbolos que, desde el siglo XX, conmemoraron nuestra identidad nacional. Pero más allá de representar estereotipos eurocentristas tan marcados, pareciera que las personas que intervinieron en estas políticas de memoria olvidaron al resto de actores sociales que, sin duda, forjaron la historia del realismo mágico que, tan bien, describió Gabriel García Márquez en sus obras literarias.


Conmemorar desde un único sector social termina siendo un asunto problemático en tanto en el proceso, sólo se resalta una historia en particular. Encasillar nuestros símbolos en un grupo en específico silencia la historia de los demás. Y es precisamente en este punto, en el que deberíamos preguntarnos ¿qué tipo de pasados compartidos estamos defendiendo en el presente?


La identidad nacional no es algo estático


Es necesario que recordemos que la identidad nacional no es algo estático o ahistórico, el concepto de “resignificación” por sí mismo llena de historicidad a todo proceso de transformación de la identidad. De acuerdo con el historiador Eric Hobsbawm, en su texto La invención de la tradición, sería más esperado encontrarse con la imposición de nuevas tradiciones o la transformación de las antiguas debido a que estas dejan de ser aplicables para los nuevos modelos sociales.


En ese orden de ideas, es erróneo pretender conservar políticas de memoria que no corresponden con las transformaciones de la sociedad y sus nuevos modelos de identificación nacional, sin olvidar que las actuales representaciones de la memoria sólo están mostrando una parte de la historia. Pero reevaluar las políticas de memoria no implica únicamente modificar los monumentos y estatuas para que entren en diálogo con los cambios sociales, sino que también significa hacer un análisis de la historia desde otras perspectivas.


Siguiendo con Hobsbawm (1983), esta misma transformación de tradiciones se puede dar porque “las viejas tradiciones y sus portadores y promulgadores institucionales se convierten en insuficientemente adaptables y flexibles”. Con lo anterior, queda claro que estas políticas de memoria estáticas e inflexibles no están en concordancia con el aspecto mutable de la sociedad y es menester que sean reevaluadas.


Créditos: Twitter @cerosetenta

Resignificación de los monumentos y de la identidad nacional


El movimiento de derrumbamiento de estatuas, por parte del pueblo Misak, es una manifestación que va más allá de querer olvidar a los personajes que se encuentran en dichos lugares. No creo que se pretenda borrar su existencia en la historia, sino que es una cuestión de empezar a debatir si en pleno siglo XXI vale la pena mantener una historia patria que tiene a estos personajes como “héroes” de una narrativa de la que no nos sentimos identificados.

“La representación de la colonialidad ha invisibilizado el saber cognitivo diverso de indígenas, campesinos y demás movimientos sociales a lo largo de la historia.” (Taita Pedro Velasco, gobernador del Resguardo de Guambia).

Está claro que los procesos de conquista y colonización en toda América Latina son una parte importante de la memoria de los pueblos indígenas, pero en la medida que la identidad nacional es un fenómeno cambiante, los símbolos que hacen parte de esta deberían estar en discusión con las transformaciones sociales. Y nuevamente, con esto no se pretende olvidar la historia, sino hacer visibles otras narrativas, que en nuestro país se le otorgue al pueblo y su participación el protagonismo de la historia.


Es posible ver los actos de los indígenas como símbolos de reivindicación de su memoria. Al tumbar las estatuas muestran su inconformidad con que se les encasille como “héroes” y símbolos de identidad a tantos hombres que con sus actos lastimaron y quebraron muchos de los pueblos originarios, que también deberían hacer parte de la historia que se debe conmemorar. Con esto en mente me gustaría recordar la posición de la profesora Ana María Ferreria, la cual sostiene que hay monumentos que se vuelven una agresión cuando atentan contra la memoria de grupos minoritarios o que han sido marginados.


Para ir concluyendo, es pertinente decir que en el actual panorama se observan dos patrimonios simbólicos. Por un lado, se tiene un patrimonio material que es considerado un bien de la nación; y por el otro, está la intervención del patrimonio material como un acto que también cuenta una historia. Y lo verdaderamente valioso, no es cuál resalta más o cuál tiene mayor legitimidad ante la opinión pública, sino cómo se ponen a conversar entre sí para deconstruir lo que construimos hace siglos.


Hablar de resignificación no es sólo la resignificación de espacios, monumentos y estatuas; sino del discurso de transformación de identidad nacional que acompaña estas intervenciones a los símbolos establecidos. Sin ánimo de ser reiterativa, considero que estos procesos no deben ser una cuestión de olvido o negación de nuestro pasado, sino de darle paso a unas nuevas políticas de memoria que nos permitan crear una identidad nacional más incluyente y consciente del papel de todos los actores sociales en la historia colombiana.

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