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Mujeres contra la mirada masculina en los Olímpicos: la resistencia de las deportistas


El contexto deportivo de las mujeres ha significado esfuerzos triplicados, luchas contra estereotipos y el sometimiento a la sexualización de sus talentos. En medio de todo este proceso, miles de competidoras han tenido que desarrollar hábitos de disciplina y equilibrar su imagen corporal para encajar en estereotipos impuestos por paneles sexistas, patriarcales y misóginos. Los requerimientos frente a la vestimenta y la manera de lucir salen de las canchas y se trasladan al día a día de estas mujeres, imponiendo en ellas ideales que corresponden solamente a imaginarios alimentados por la constante sexualización de sus cuerpos. Por esta razón, ahora más que nunca es importante destacar la constante resistencia de las mujeres dentro del deporte como una muestra de dinámicas desiguales y machistas, que las obligan a alzar su voz en medio de eventos de talla mundial, y así, poner sobre ellas el reconocimiento que merecen como mujeres deportistas olímpicas, no como objetos de consumo para la mirada masculina.


Simone Biles | Por: Annie Leibovitz | Revista Vogue


Una época determinante para destacar estos comportamientos, se retrata en la edición actual de los Juegos Olímpicos que se llevan a cabo en Tokio, Japón, donde se agrupan miles de mujeres en distintos deportes. En este contexto, hay tres factores esenciales a señalar: el entrenamiento, la vestimenta y la apariencia física de las competidoras. El primero da cuenta de cómo el proceso de preparación para un deporte de alto rendimiento, y más a nivel olímpico, significa esfuerzos triplicados para las mujeres que ejercen un deporte que en su mayoría es protagonizado por hombres. Tayoni Cedeño, boxeadora venezolana y actual competidora en los Olímpicos, es el vivo ejemplo de cómo su experiencia siempre se vio obstaculizada por señalamientos machistas que buscaban alejarla del deporte para evitar ser retratada como ‘masculina’.


En segundo lugar, la vestimenta en las deportistas es un tema que denota imposiciones estéticas sobre mujeres que, por obvias razones, deben usar lo que sea que les resulte cómodo a la hora de practicar su deporte, pero que aún así se ven sometidas a estereotipos de género. Estas ‘reglas del juego’ se le impusieron, por ejemplo, a las integrantes del equipo de voleibol noruego que disputó los Juegos Olímpicos por la medalla de bronce. Las deportistas habían declarado su inconformidad frente a los uniformes que se les habían asignado para su última competencia, diciendo que eran incómodos y restrictivos, razón por la cual optaron por usar shorts. Esta decisión de las jugadoras le costó una multa de $177 dólares por integrante al equipo, impuesta por parte de la Federación Europea de Balonmano porque el uniforme que decidieron usar “no concuerda con las regulaciones sobre el uniforme de atleta que figura en el reglamento de juego de balonmano de playa de la Federación Internacional de Balonmano”.


Por su parte, el equipo femenino alemán de gimnasia artística también llevó a cabo una iniciativa en contra de la sexualización de su deporte por medio de la vestimenta en Tokio, optando por usar trusas de cuerpo entero. Sarah Voss, una de sus integrantes destacó que esto con el objetivo de instar a las atletas más jóvenes a entrenar y competir con lo que más se sientan cómodas. Con esto, es necesario señalar que existe una experiencia colectiva frente a la mirada masculina en estas deportistas, que no son casos aislados y que estas dinámicas terminan empujándolas a protestar de alguna manera contra un sistema que se lucra de estos estereotipos de imagen. Aún así, hay que destacar que esta lucha en contra de la sexualización, además de ser agotadora y significar modificaciones en comportamientos o su vestimenta, también termina acomodándose a una mirada masculina que nos ha permeado como mujeres desde que nacemos ¿Para que no nos sexualicen debemos taparnos de pies a cabeza?


En tercer lugar, la apariencia física de las deportistas se ve permeada también por estereotipos basados en el género, que dependiendo del deporte y su porcentaje masculino, catalogan a las mujeres como productos consumibles. Un ejemplo de dos lugares distintos en este tema son la gimnasta estadounidense Simone Biles y la arquera colombiana Valentina Acosta, ambas deportistas olímpicas. En el 2016, Biles fue altamente criticada por no ‘lucir femenina’, por tener un cuerpo entrenado para su deporte y, por supuesto, por no cumplir con los estereotipos a los que se ven expuestas las gimnastas de todo el mundo: tener una contextura excesivamente delgada, lucir joven y tener, básicamente, apariencia de niña. Por otro lado, en los Olímpicos de Tokio la arquera colombiana fue noticia por su apariencia física, su logro como deportista olímpica parecía ser un plus dentro de su biografía. Acosta incluso fue retratada por el medio de comunicación colombiano, Semana, como una joven sensual con fotos ardientes que aparte de eso aparentemente lleva un historial de disciplina y entrenamientos para haber competido en Tokio.


Así que, las mujeres en un ambiente como los Juegos Olímpicos deben verse sometidas a críticas violentas por su físico, a sanciones económicas por escoger qué vestir y a la reducción de sus logros a solamente su capacidad de atraer público masculino. La libertad de las mujeres, una vez más, se ve completamente definida por la manera en que pueden retratarse a sí mismas para ser consumibles, si la libertad significa cumplir con esto, es bienvenida, si no, es castigada. Aún así, el hecho de verse empujadas a protestar como las gimnastas alemanas o como las voleibolistas noruegas, también representa agotamiento y cansancio, da cuenta de cómo las mujeres debemos estar en constante lucha y resistencia para ‘ganarnos el respeto’. No es posible ir por la vida practicando un deporte sin ser vista como masculina o ser completamente sexualizada, y es importante no romantizar estas luchas como muestras de empoderamiento femenino, porque aunque son altamente

valiosas como protesta, representan nuestra necesidad de sobrevivir y no vivir.


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