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La depresión no se ve, se siente


Imagen diseñada por: América en Contexto.


“Muchas personas hemos deseado, en secreto y con dolor, tener una enfermedad “real” para no tener que estar probando a cada momento lo mal que nos sentimos. Por “real” nos referimos a una enfermedad visible: un brazo roto, una varicela, cualquier alteración que no le deje duda al resto del mundo de que hay algo que anda mal y que merece atención y respeto.”

(Juan Rincón, La depresión no existe, pág. 50).


Siempre he escuchado comentarios en los que se niega o se le resta importancia a las enfermedades mentales, en especial, a la depresión. Usualmente, las discusiones alrededor de este trastorno se limitan a nuestras propias concepciones sobre lo que es y no válido. Y en ese pequeño y estrecho espacio, en el que construimos nuestras opiniones, pareciera que sólo se acepta -en muchos casos- la idea de una “enfermedad visible” y todo aquello que no se ve o no entendemos pasa por inexistente.


“En realidad desconocemos cuál es la causa de la depresión y no sabemos en qué consiste ni cómo se abrió paso a través del proceso evolutivo. Ignoramos por qué ciertos tratamientos pueden ser eficaces contra esa enfermedad y por qué ciertas personas se deprimen frente a circunstancias que a otras no las perturban en lo más mínimo” (El demonio de la depresión pág. 34, Andrew Solomon). A pesar de que se ignora su fundamento, médicos, psiquiatras y psicólogos le atribuyen a la genética, a las alteraciones en los neurotransmisores, a la función neuroendocrina y, en algunos casos, a factores psicosociales la razón de esta enfermedad.


De entrada, no tenemos por qué conocer cómo funciona la depresión, las nociones básicas del funcionamiento del cerebro y las posibles causas de sus desconexiones. Pero sí tenemos la responsabilidad de aceptar, reconocer y validar a las enfermedades mentales, como lo hacemos con las enfermedades de base. Aunque la depresión no es una enfermedad que se puede observar a simple vista, no significa que su sintomatología y sus efectos no sean lo suficientemente graves como para que los pasemos por alto o los minimicemos.


Además de ignorar que la depresión es una enfermedad, por mucho tiempo esta ha sido objeto de una serie de prejuicios y críticas por parte de la sociedad. Los estigmas más comunes sobre la depresión hacen referencia a que, esta es una moda o una excusa que la gente se pone para no afrontar la realidad. Y precisamente, estos prejuicios son los causantes de una hostilidad generalizada que, coacciona el actuar de los pacientes depresivos al momento de contar a las personas su situación. La presión puede ser tan grande que se tiende a sentir vergüenza y miedo porque el otro sepa de la existencia de esta en su vida.


La depresión es un trastorno mental frecuente, se calcula que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo. Sin embargo, la mayoría de individuos que la padecen no identifican que la tienen o deciden ignorarla, lo cual en muchos casos les impide ser conscientes de su enfermedad y pedir la ayuda correspondiente. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) “aunque hay tratamientos eficaces para la depresión, más de la mitad de los afectados en todo el mundo (y más del 90% en muchos países) no recibe esos tratamientos”.


Bajo el desconocimiento y las falsas creencias sobre la terapia y los antidepresivos, nuestro mundo le ha quitado valor a estas ayudas, tildando de “loco” o “desequilibrado” a todo aquel que recurre a ellas. Es por esto que muchas personas prefieren no tratar su enfermedad, por el mismo terror imaginario que como comunidad hemos creado. No obstante, la medicina ha demostrado que la terapia es la mejor forma de enfrentar la depresión y con el apoyo de medicamentos se logra sobrellevar. “Pedir y recibir ayuda es el acto de valentía más contundente que podemos tomar de cara a la depresión” (Juan Rincón, La depresión no existe, pág. 121).


Vivimos en una sociedad diversa, pero no nos han enseñado a admitir que el otro piensa y siente diferente y que esto no debe ser motivo de condena. “Para una mente sana, los síntomas de la depresión se parecen a fallas de carácter” (Juan Rincón, La depresión no existe, pág. 98). Partiendo de lo anterior, las personas sobreponen su sentido “lógico” a lo que experimenta un depresivo y, sin darse cuenta, terminan menospreciando los posibles motivos o causas de su tristeza. De nuevo, se reproduce la idea de que la depresión no es un asunto tan serio para concebirlo como una enfermedad y, por ende, quien la sufre no requiere la misma atención que se le da a cualquier otro enfermo.


Es más, las personas usualmente le tememos a enfermedades como el cáncer o el sida porque sabemos lo mortales que pueden llegar a ser. Pero la realidad es que la depresión, además de ser una enfermedad muy usual, puede ser tan mortal como estas. Según el medidor Worldometer, cada 40 segundos una persona se quita la vida y muchas de estas muertes están relacionadas con episodios de depresión. Lo más preocupante no es tener la enfermedad, sino desconocer que esta se padece; sin olvidar las miles de personas que aún siendo conscientes de su existencia no pueden acceder a los tratamientos (terapia y medicación).


Conforme al último reporte de la OMS las enfermedades mentales se enfrentan a “la falta de recursos y de personal sanitario capacitados, además de la estigmatización de los trastornos mentales y la evaluación clínica inexacta”. Con esto vemos que quienes tienen depresión se enfrentan a la precariedad del sistema de salud y, en sí, al hecho de vivir en un mundo donde los propios gobiernos ignoran su existencia porque padecen una enfermedad que no se ve, se siente.


Al no haber experimentado la depresión, nuestra empatía no corresponde a la difícil situación de muchos y terminamos errando por el afán de proponer una solución o criticar a quien la padece. Estamos acostumbrados a admitir todo aquello que observamos y podemos probar, limitando nuestras creencias únicamente a nuestro espectro visual. Sin embargo y como bien dijo Antoinie de Saint-Exupéry, en El principito: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.


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