#EnContexto

“Hay que destruir para volver a construir”

Actualizado: 25 abr 2021


Foto tomada de Twitter.

“En esta puta ciudad todo se incendia y se va

Matan a pobres corazones”.


(Ciudad De Pobres Corazones, Fito Páez, 1987).


El video, del pasado martes 8 de septiembre, sobre el exceso de poder por parte de miembros de la Policía contra Javier Ordoñez fue la gota que rebosó la copa. Causando que los colombianos salieran a las calles a manifestar su inconformidad contra el abuso constante por parte de la Policía Nacional hacia la sociedad civil. Y es que esto no se trató de un caso aislado, sino de una muestra más de la reiterativa conducta de maltrato hacia los ciudadanos a manos de los integrantes de esta institución. En medio de las protestas y los enfrentamientos entre civiles y uniformados se generaron daños a espacios públicos, entre esos 46 CAI (Comando de Acción Inmediata) de los 153 que hay en Bogotá, es decir, cerca del 30%. 


Muchos han criminalizado estas actuaciones asegurando que la destrucción de estos lugares sólo perjudica al colombiano que a través de sus impuestos paga por esto, y otros han dicho que únicamente generando caos es que el Gobierno presta atención al dolor de la comunidad. Pero más allá de la postura que usted o yo tengamos sobre quién tiene razón, creo que es pertinente que hablemos de los espacios, las interacciones y las resignificaciones sociales que hacemos sobre ellos. Puntualmente los que se han dado en algunos de los Comandos de Acción Inmediatas del país.



“Espacio tan cotidiano y familiar de nuestro hábitat (más bien urbano) que adquiere aquí estatuto de protagonista”.

(Jesús Camarero, Especies de espacios, 2001).



Como lo dice la anterior cita los espacios constantemente se convierten en los protagonistas de nuestras historias y pierden su carácter de simples objetos y/o lugares. Lo que sucedió con las paredes, los CAI y las calles, en esta semana, no es más que  la resignificación que como individuos hacemos sobre los espacios preexistentes. Hay que olvidarnos del imaginario que, los que rayan o tiran piedra sobre algún espacio son “vándalos” que sólo quieren destruir  las ciudades. Es hora de que empecemos a aceptar que cada una de estas manifestaciones -unas consideradas extremas mientras otras no- hacen parte de un conglomerado de símbolos que materializados terminan siendo los relatores de las dinámicas y acontecimientos que constituyen todo lo que somos y nos pasa como sociedad. 


¿Y qué nos pasa como sociedad? Lo cierto es que, hace ya bastante tiempo, la Policía y sus integrantes han perdido legitimidad y respeto por parte de los colombianos que a diario son víctimas de su proceder. Hemos visto, escuchado y presenciado un sin fin de casos y hechos que los vinculan de modo directo con actuaciones de abuso, extorsión, asesinato y, agresión física y verbal. Lo que empeora esta situación, es que al parecer entre más se manifiesta la ciudadanía, los excesos por parte de esta institución aumentan. Cada mañana nos despertamos con un video en el que las personas denuncian, de nuevo, los ataques severos llevados a cabo por los individuos encargados de protegernos -lo sé en Colombia todo funciona al revés y lo que se supone que deberíamos hacer es precisamente lo que no hacemos-.


Foto tomada de Twitter.

De acuerdo con Jhoan Acosta, en el escrito Transformación de la memoria urbana a través de la resignificación del espacio público, “los antecedentes que constituyen el pasado evidencian las características y las huellas de sucesos que enmarcaron momentos de la historia”. Las transformaciones en la estructura de los espacios terminan dotando de significado y valor a los lugares y a las personas en sí. La destrucción y reconstrucción del CAI de la Gaitana en la Localidad de Suba o la del CAI del Parkway en Teusaquillo son los arquetipos perfectos para entender que las personas no destruyen porque sí y hay una historia de sufrimiento y extralimitación.


Las modificaciones de estos espacios no son más que el símbolo de una generación que sabe que la solución no está en la represión, pero tampoco en seguir permitiendo que otros hagan uso de su poder desmedidamente. Quemar los espacios físicos de esta institución es la demostración simbólica de que para el pueblo colombiano la Policía Nacional necesita una reforma estructural con urgencia. El fin de esta problemática no está en pedir perdón y retirar de los cargos a los miembros que cometen excesos, lo que el pueblo colombiano está exigiendo es que a esta institución se le limite su poder y se le castigue bajo las mismas condiciones que a los  civiles. 


El título de esta columna hace referencia a uno de los versos de la canción Destruir de la banda peruana Narcosis, la cual pone sobre la mesa la idea de que -en últimas- cuando algo está totalmente podrido no hay nada más que hacer que volver a construirlo. Y este pensamiento se relaciona con el sentir que varias personas experimentan actualmente con la Policía Nacional. La muerte de al menos trece personas y las agresiones a la comunidad se manifiestan en el acto simbólico de destruir Comandos de Acción Inmediata y reconstruir algunos bajo una nueva concepción sobre ese espacio preexistente. 


A través del arte, las palabras, los colores y los libros en los últimos tres días (11, 12 y 13 de septiembre) la comunidad se ha reunido para llevar a cabo una serie de modificaciones para crear bibliotecas populares en los espacios en que se ubican los CAI de la Gaitana y el Parkway. Los fragmentos quemados, que dan cuenta del enfrentamiento entre policías y ciudadanos, terminan dotando de significado al presente, y el intento de construcción de un espacio cultural (biblioteca) muestra la idea de que la cultura es el medio idóneo para poner fin a la violencia que azota a nuestro país. Las personas llevan a cabo este tipo de intervenciones con el propósito de que todos, entre esos las autoridades estatales, entiendan que acontecimientos como estos son el resultado de un pueblo cansado que pide con premura una renovación en la institución de la Policía.



Foto tomada de Twitter.

La reflexión “teórica del espacio queda asociada felizmente a la representación de unas vivencias de ese mismo espacio” (Georges Perec, Especies de espacios, 2001). A partir de lo anterior es pertinente hablar de estos como espacios sagrados que enmarcan una serie de sentimientos y  recuerdos que de una u otra forma representan hechos importantes para todos. Los graffitis, las ilustraciones -o como quieran llamarle- que se han hecho en los espacios físicos de la Policía Nacional son las exteriorizaciones propias de una comunidad que cree que es más significativo y valioso una frase o un dibujo que callar la voz de alguien a punta de bolillo o taser (herramientas utilizadas por las fuerzas policiales). 


El imaginario colectivo se edifica desde las cicatrices materiales e intangibles que dejan la vida en sociedad, como los enfrentamientos entre la policía y los civiles. La memoria urbana y la resignificación de los espacios son el resultado del actual momento de conflicto, y la estructura simbólica que representa esto hace alusión a todo el desastre que conlleva vivir en un país en donde “matan a pobres corazones”, pero lo escandaloso es ver a las personas desarrollando su derecho legítimo de protesta.


Hasta este punto, ustedes podrán estar pensando que es problemático que me refiera a esta institución de manera general. Lo “correcto” sería que haga alusión a estos sucesos con connotaciones como: “Algunos miembros”, “unas manzanas podridas”, “sólo unos pocos”. Y si bien, el único propósito de esta columna es presentarles argumentos lo más objetivos posibles, sería incorrecto decirles que nuestro país está así de descontento por una fracción insignificante de uniformados. La verdad es que aquí no hablamos de actuaciones en particular o de unas cuantas, sino que la tendencia que se está manifestando es que los miembros de la Policía se extralimitan absurdamente en el uso de la fuerza. 


Hemos visto que las personas han escrito en las paredes de estos Comandos de Acción Inmediata expresiones como “A.C.A.B” (All Cops Are Bastards) y “Nos están matando”. El problema acá no es qué dicen, ni en qué espacios lo plasman, sino que estas formas de protesta -totalmente legítimas- sean juzgadas de “anárquicas” o “vandálicas” por parte de la misma ciudadanía que a diario se ve afectada por los abusos policiales y del Estado. Claramente todos somos autónomos para elegir cómo exteriorizamos nuestro descontento, pero no somos quién para sentenciar las manifestaciones que conllevan al daño de un espacio público. Y mucho menos deberíamos sentirnos con la potestad de hacer un juicio de valor frente a estos actos cuando lo que dichas expresiones muestran es la realidad colombiana.


Foto tomada de Twitter.

De nuevo, tenemos que entender que todo acto en contra o a favor de un espacio representa una serie de resignificaciones que como individuos hacemos sobre lo que pasa a nuestro alrededor, y lo evidente es que la gente quiere que se reforme a la Policía y su poder. Los espacios son el resultado de los usos y las apropiaciones  que como sociedad hacemos de las huellas que han dejado ciertas experiencias. La muerte y el abuso no pueden ser algo que olvidemos en seis meses, al contrario deben ser la referencia puntual para que recordemos que eso es lo que no debe pasar. No entiendo por qué la construcción de una biblioteca cultural,  en lo que era un CAI, en memoria de una víctima a causa del exceso policial nos cause tanta indignación, pero el monumento de los Héroes Caídos nos parezca digno de admiración. 


Mi intención no es incitarlos a que hagan justicia por su propia cuenta, ni mucho menos a reproducir los discursos de odio y miedo que son tan comunes ahora. El fin último de esta columna es que como sujetos de derecho seamos conscientes de que la actual situación de Colombia es completamente preocupante y sí las personas están destruyendo todo para volver a construirlo es porque, no ven cómo algo puede mejorar mientras se vive en gobiernos que sólo promueven la segregación, la pérdida de las libertades, la desigualdad  y sobre todo, el abuso. 


Si instituciones de tan alto nivel como la Policía Nacional fueran reformadas desde sus bases, seguramente, disminuiría este afán irracional de usar el poder que se les da para generar miedo y terror. El poder es coacción cuando no hay límites, ni garantías. Y sin duda alguna, es la causa misma de que las personas destruyan los espacios físicos en donde están sus autoridades para buscar resignificarlos.



Si estás como cegado de poder

tira tu cable a tierra”.

(Cable A Tierra, Fito Páez, 1985).


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