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#EnContexto

Esa cosita llamada humanidad

Actualizado: 13 feb 2021


Foto tomada de Pinterest y editada por Mariana Romero.

Las lógicas de uso que están inscritas en las redes sociales, apps y, en sí, la Internet se encargan de cosificar a la humanidad. Hoy en día, somos cualquier cosa menos humanos.


Black Mirror es una serie televisiva de antología emitida desde 2011, creada por Charlie Brooker. Según Vicente Gandasegui (2014), autor del artículo Black Mirror: el reflejo oscuro de la sociedad de la información, la serie se convierte en “una metáfora del impacto de la tecnología en la sociedad, o bien, en una parodia de los medios y las tecnologías”. Bajo un concepto pedagógico la serie muestra las implicaciones negativas de la tecnología a partir de cuestionamientos relacionados con los medios de comunicación, los gobiernos y las redes sociales.


En “Caída en Picada” (Nosedive), primer capítulo de la tercera temporada de Black Mirror, Lacie, una mujer que vive en una sociedad obsesionada por las calificaciones, se ve envuelta en un sistema en el que reina la dependencia por la falsa aceptación. Los ciudadanos centran sus interacciones en puntuar al resto de personas con las que se relacionan. A medida que las calificaciones son más altas es más fácil adquirir una reputación y con esto mismo, conseguir empleos, descuentos y facilidades en la cotidianidad.


Esta sociedad un tanto futurista demuestra la intención de poseer una vida perfecta. La amabilidad y las relaciones sociales se tornan en búsqueda de una calificación y no de una verdadera aceptación. Así mismo, se cohíben las expresiones de sinceridad y de disgusto. Y sin alejarnos de la realidad, desde hace algún tiempo el gobierno chino tiene la idea de instaurar una aplicación que rastrea toda la información de los ciudadanos y de esta forma se crea una calificación.


Movimientos, compras, pasatiempos e interacciones sociales buscan ser evaluados con el fin de premiar y castigar a todos aquellos que acumulen puntos. Los usuarios podrán ser valorados en una escala de 350 a 950 puntos. Con esta aplicación de “crédito social” el gobierno pretende conocer mejor a sus habitantes y regular sus acciones. Esto, además de ser la expresión de la perdida total de las libertades (por lo menos las civiles) es la derrota absoluta y la renuncia a lo más sagrado: nuestra privacidad.


El sistema político en China es famoso por su obsesión por el control. Desde hace muchos años la información de los ciudadanos es vigilada por el gobierno, quien los inspecciona a través de redes sociales, navegación en Internet y mensajería instantánea. Este actuar invasivo y exagerado, se torna injusto y discriminatorio para todos aquellos que no logren o no se acerquen a 950 puntos. Según la propuesta de “crédito social”, las personas con mayor calificación tendrán una serie de privilegios como puestos y créditos; mientras que los peores puntajes perderán el acceso a ciertos servicios como Internet y transporte público.


A partir del episodio “Caída en Picada” y la materialización de este en la aplicación china de “crédito social” se puede ver cómo, actualmente, las personas estamos siendo puntuadas como un objeto y/o servicio. Consciente o inconscientemente estamos siendo sujetos de un control virtual que limita nuestro actuar y, por ende, nuestro derecho a la libertad. Constantemente, las personas vivimos en un vaivén en el que la búsqueda por la imagen perfecta y la autopromoción nos ayuda a sobrevivir en la era neta.


¡Sí! las redes sociales buscan controlarnos. Nos apaciguan el libre albedrío, nos están adoctrinando, manipulando, y además, están insertando ideas a través de la publicidad. No se asusten por los anuncios “coincidenciales” en su celular, ¡claro que nos están observando! Pero no se preocupen, si ya se dieron cuenta de esto, es porque escogieron la misma pastilla roja que Neo tomó para liberarse de la Matrix y ubicarse en la realidad. (The Matrix, película dirigida por Lana y Lily Wachowski)


Según Zygmunt Bauman, sociólogo y profesor polaco, la humanidad tuvo un cambio de una era sólida a una era neta. La primera, se caracterizaba por la facultad de los hombres para controlar a las personas a través de un espacio físico. Mientras que, la era neta se inclina por el poder del espacio virtual, transformando la información en un aspecto completamente capitalista. En consecuencia, las redes sociales crearon una serie de patrones, clasificaciones y estigmas sobre la imagen personal. La cual terminó siendo “un medio para conseguir prestigio, reputación y dinero” (Serra, 2017).


Y es precisamente ese afán por conocerlo y capitalizarlo todo, que la tecnología se convirtió en un espacio de propagación de contenido personal basado en el consumo de marcas, acumulación y apariencias. En un principio, esta fue la herramienta para que se diera la construcción de un conocimiento colectivo alrededor del mundo. Sin embargo, con cada avance y valorización de la información los usuarios se acostumbraron a sobrevivir en un espacio en el que la interacción en Internet implica perder la individualidad, la privacidad, la independencia y la humanidad.


El universo neto se fue apoderando, poco a poco, de las dinámicas y comportamientos sociales a tal punto que los medios, la tecnología y las redes se convirtieron en determinantes para la sociedad. Y es la serie Black Mirror la que se encarga de representar y cuestionar el papel de la humanidad en un momento en que las personas están siendo manipuladas y cosificadas por la tecnología.

“Nos volvemos sujetos líquidos, buscando placer instantáneo y, posteriormente, sentimos miedo de cambiar de rumbo antes de tomar un camino sin retorno” (Bauman, 2009). La tecnología y, en sí, la Internet han generado una fluidez en la cotidianidad, ahora las relaciones y las acciones son valoradas sólo por un momento. La gente está siendo obligada a cambiar constantemente para poder encajar en la comunidad virtual. Y como si fuera poco, se da una exclusión latente para todos aquellos que no están insertos en el mundo digital.


La humanidad de las personas va desapareciendo y es por esto que propuestas como las del gobierno chino no suenan tan descabelladas. Bajo patrones de conducta y consumo, los individuos estamos siendo tratados como objetos animados. Las calificaciones que eran un asunto para evaluar los conocimientos de las personas pasaron a ser el mecanismo perfecto para delimitar la forma en la que debemos pensar y actuar. Aquellas películas de ficción en las que los hombres se reducen a comprar y a ser iguales que todos terminan siendo una visión cercana de lo que nos puede pasar.

Para finales del 2020, había 2.449 millones de usuarios en Facebook, 2.000 en Youtube y más de mil millones de usuarios registrados en Instagram. La influencia de las redes sociales y los medios es tan fuerte que las prácticas humanas se han convertido en una lucha por la aceptación social. Recursos compartidos, likes y vistas se imponen en la interacción de las personas. El sentir de los individuos se ha transformado y manipulado desde el capitalismo que, hoy por hoy, construye la identidad de las personas en lo que consumen y no en lo que piensan o son.


“La tecnología ha transformado casi cada aspecto de nuestro mundo antes de que tuviéramos tiempo de detenerlo y cuestionarlo” (Channel 4, 2011). Si bien, la inmediatez de la información y la profunda participación de las personas en pro del conocimiento colectivo ha sido muy buena para la sociedad, el desarrollo humano se ha limitado a una inmersión virtual en la que sólo es aceptado quien siga y mantenga las dinámicas de consumo.


“La era de la comparación es la base del mundo indicado en el episodio” (Serra, 2017). Vivimos con la responsabilidad de cuidar nuestros perfiles y, así, evitar los propios problemas de convivencia como un elemento evaluador en la nota social. En últimas, somos sociedad de semejantes, donde todos los individuos buscan el mismo objetivo. Y nuestro criterio de individualidad se difumina a tal punto que todos terminamos siendo cosas.


La Internet nos da la facilidad de convertirnos en alguien completamente diferente a quien en verdad somos. Tenemos fotos de perfil que no muestran nuestra realidad, historias que contamos y que son ficticias, o peor aún usamos ideas y frases que nunca pensamos o dijimos.


La vida detrás de la pantalla es diferente a la que mostramos. Desde poder crear un perfil falso para hablar y discutir con insultos y amenazas, hasta hablar de cosas que ni nos gustan o nos interesan solo para poder movernos dentro del círculo de opinión y mantenernos vigentes como usuarios de las redes. Creemos tener la obligación de decir y mostrar a los demás usuarios lo que quieren ver, aunque se repita 100 veces para que esos mismos usuarios estén de acuerdo y seguir sumando cifras en una realidad de solo números y cosas.


Y bueno al final de esta columna, referenciando de nuevo al protagonista de la saga de Matrix, usted puede tomarse la pastilla azul y simplemente olvidar todo lo que aquí ha leído y volver a ser “feliz”.

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