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El ritual de la muerte en tiempos del Covid-19


Zamora, H (2020). Muchos fallecidos por causas distintas al covid-19 son enterrados igualmente sin ritos funerarios. Recuperado portal web El Tiempo.com

Aunque la muerte es un proceso natural del ser humano con la llegada del Covid-19 los ritos que la acompañan han sido obligados a transformarse, casi que por completo. Los rituales humanos se entienden como un grupo de acciones definidas que se encargan de conducir a una serie de creencias o cultos en la cotidianidad. Sin embargo, hoy en día si muere alguien su despedida queda limitada a un acto simbólico en el que las personas que sufren esa pérdida deben soltar a su ser querido desde la distancia, sin poder reunirse para rendirle un homenaje, orarle o enterrarle. 


Y es que, al hablar de los cambios que ha traído esta pandemia se podría afirmar que nuestras libertades fueron modificadas por el Estado a tal punto que, actos significativos como los que se han establecido entorno a la muerte (un funeral o un entierro) quedaron anulados. Pero por más riesgo de contagio y restricciones de las autoridades, no se ha evitado que familias enteras aún despidan a sus muertos de la forma habitual; esto podría pensarse como un modo de resistencia.


Según Emile Durkheim, en su texto Las Formas Elementales de la Vida Religiosa, “las creencias son estados de opinión y los ritos son modos de acción”. Partiendo de esta distinción entre creencias y ritos, se puede decir que los últimos terminan siendo las formas propias que constituyen a una serie de operaciones simbólicas dentro de una sociedad. Precisamente, estos actos son parte del desarrollo de nuestras libertades como sujetos de derecho. No obstante, la persuasión del Gobierno para que obremos de cierta forma, o no, termina limitando nuestra facultad de decisión. 


Bajo esta coyuntura, nos burlamos y criticamos las decisiones de individuos que, desde su libertad de conciencia y culto, optan por honrar y ser fieles a sus tradiciones antes que seguir los protocolos de bioseguridad dados por el Estado (que en últimas buscan protegernos de contagios y posibles muertes). De entrada, no se juzga el intento de las autoridades por salvaguardar nuestras vidas, pero no por la emergencia sanitaria se justifica la pérdida de la libertad.


Es la primera vez, en mucho tiempo, que nos enfrentamos de forma mancomunada a un período en el que la  enfermedad y la muerte están de manera constante y latente en nuestras vidas; sin distinción entre jóvenes y viejos, ricos y pobres, o género alguno. Dejándonos limitados para ejercer la praxis de las creencias que están arraigadas a nuestras sociedades, desde siglos atrás, y a nosotros desde pequeños.  


De acuerdo con la Constitución Política colombiana de 1991, en su preámbulo y en los artículos 13, 18 y 19, la libertad se establece como un derecho fundamental. El cual da validez a las decisiones que se tomen en torno a tradiciones, como las que acompañan a la muerte. Estas prácticas componen todo un grupo de creencias y cultos que nuestro Estado Social de Derecho ha jurado respetar y preservar. A pesar de ello, nuestras actuaciones terminan oponiéndose a las medidas de bioseguridad que el Gobierno ha implementado para garantizar el bienestar de todos en medio de la pandemia. 


Cabe hacer la salvedad de que, aunque las definiciones de rito están suscritas de manera particular a la religión, estas no son otra cosa diferente que, un conjunto de acciones que buscan mostrar y establecer el significado de algo que es muy especial para nuestras sociedades en cualquier hemisferio. En ese orden de ideas, la muerte como “cesación o término de la vida” (según la RAE) termina siendo un suceso cargado de valor y  trascendencia que no se deslegitima en medio de la pandemia. 


La muerte trae consigo la idea de solemnizar el fin del ser humano y los rituales que la acompañan parten de la convicción que cada quien profesa. “Los ritos son reglas de conducta que prescriben cómo debe comportarse el hombre en relación con las cosas sagradas” (Durkheim, 1982), es decir, patrones ordenados de eventos que dan cuenta de la ocurrencia e importancia de algo. Y son precisamente las percepciones que se tienen de estas costumbres, las que dificultan la aceptación de las leyes epidemiológicas.


El Estado Social de Derecho colombiano se caracteriza por tener como fundamento a la dignidad humana. Esta, abarca un conjunto de  principios y valores en los que al individuo se le garantiza vivir bien, vivir como se quiere y vivir dignamente. Ahora, la imposición de todas estas normas de bioseguridad reducen la autodeterminación del individuo, afectando el ejercicio mismo de sus libertades. Y este condicionamiento de su autonomía termina estableciendo al bienestar general por encima del particular.


En una sociedad como la nuestra, se nos ha enseñado a celebrar la vida y a conmemorar la muerte, por eso termina siendo complejo que nos pidan guardar distancia cuando uno de nuestros seres queridos muere. Y no es porque las personas no entiendan el peligro de llevar a cabo este tipo de ritos, sino más bien termina siendo un asunto en el que los mandatos de esta nueva realidad se oponen por completo a lo que siempre hemos creído y aplicado. Es una clara dicotomía entre lo que sentimos y pensamos, y lo que nos dictamina la racionalidad propia de la supervivencia y el proceder del control estatal.


Sería erróneo desconocer el derecho de todos a obrar según su propia voluntad y hacerse responsables de sus decisiones. La discusión no radica en el riesgo que se corre al seguir nuestras costumbres, ya sabemos las consecuencias que pueden acarrear. Lo que en verdad está en disputa es la aplicación de las libertades en medio de esta pandemia. El Covid no nos dio la oportunidad de hacer una transición entre nuestras convicciones y lo que es mejor para nosotros, realmente nos tomó por sorpresa. Pero peor aun, nos demostró que nuestras mentes históricas se resisten a modificar sus rituales y a ceder sus libertades. 














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