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El efecto placebo de nuevo a la vanguardia


Getty Images. (2020) Un voluntario recibe la vacuna de Oxford en Sudáfrica. Recuperado portal web BBC Mundo.

Uno de los temas más álgidos de la pandemia está en el camino para encontrar una vacuna que proteja o, por lo menos, haga más fuertes a las personas contra el SARS-CoV-2 (este es sólo uno de los cuatro tipos de coronavirus que están en el ambiente). Médicos y científicos luchan, a diario, por salvar la vida de millones de individuos y al mismo tiempo, por encontrar una vacuna que asegure resistencia (inmunidad al virus) y celeridad en la creación, comprobación y producción. A la fecha, hay ochenta candidatas a vacuna y seis de estas son líderes en la carrera. 


Las vacunas son sustancias compuestas por una dosis de un virus que se incorpora al cuerpo, con el fin de que el sistema inmune lo reconozca y cree instrumentos de protección ante un posible contagio. La efectividad y seguridad de una vacuna se prueba por medio de un  proceso de diseño y fabricación, preciso y extenso, desarrollado en tres fases. Cabe hacer la salvedad de que previamente a un ensayo con humanos los laboratorios realizan una etapa preclínica con pruebas in vitro y con animales. Si la vacuna no funciona con animales, no se puede continuar. 


Según el portal de noticias BBC Mundo, en la primera fase participan de 20 a 100 personas saludables, se investigan las amenazas de la vacuna, se establece la dosis correcta y los posibles efectos secundarios. En la segunda etapa, se estudia la respuesta inmune a la sustancia y se determinan los efectos secundarios a corto plazo; en este punto el número de voluntarios aumenta. Finalmente, en la tercera fase participan miles de personas, se almacenan datos respecto a la seguridad de la vacuna, su funcionalidad y otros efectos secundarios. 


La mayoría de los ensayos clínicos de vacunas y medicamentos se caracterizan por ejecutar un método que tiene el prospecto de vacuna/medicamento y placebos. De acuerdo con la biblioteca de salud de la EPS Sanitas (Colombia) un placebo es “toda sustancia que carece de actividad farmacológica pero que puede tener un efecto terapéutico cuando el paciente que la ingiere cree que se trata de un medicamento realmente efectivo”.  Esto no es más que, una reacción favorable que se obtiene  de una persona o un grupo de personas ante un estímulo que es falso. 


La universidad de Oxford y las multinacionales Pfizer y BioNTech, son algunas de las instituciones que se disponen a llevar a cabo la etapa tres. Cada una con 10.000 voluntarios tienen como común denominador dividir al azar en dos grupos a los participantes. Por un lado, 5.000 personas serán inoculadas con la vacuna en estudio  mientras que la otra mitad (grupo control) recibirá la inoculación de una sustancia que no tiene ninguna protección contra el Covid-19. Este proceso permite comparar los efectos y resultados clínicos demostrando si la vacuna, en cuestión, es efectiva o no. 


Bajo la misma apariencia, sensaciones similares y, sin que pacientes y médicos sepan si la sustancia inyectada es contra el Covid-19 o un placebo, se garantiza que los voluntarios no puedan concluir en qué grupo se encuentran y experimenten los efectos que las sustancias aplicadas puedan generar. Esto, con el fin de que los participantes reaccionen de manera positiva al ensayo clínico y así, no exista mayor error en el seguimiento y efectividad del proceso. Pero esto no se sabrá sino hasta el fin de la investigación y mientras eso sucede, voluntarios y médicos investigadores irán incrementando su sentimiento de confianza entre ellos y hacia las sustancias.


El efecto placebo es la capacidad que tiene la mente de producir opioides endógenos (sustancias que alteran el sistema nervioso), los cuales permiten que los dolores que se experimentan se aligeren. La creencia de que se está tomando un medicamento efectivo genera en el individuo confianza y esto, a su vez, termina siendo la cura de sus dolencias. Si la mitad de los voluntarios tienen la seguridad de que se les está suministrando la vacuna su reacción a un posible contagio de Covid-19 los puede convertir eventualmente en pacientes asintomáticos a causa de la disminución de las molestias propias del SARS-CoV-2.


Con el uso de FMRI (imagen por resonancia magnética funcional) se ha captado el funcionamiento del cerebro, y se ha comprobado que el efecto placebo no depende, únicamente, de la percepción de dolor y actitud de los individuos, sino que este efecto puede llegar a tener una base genética. A partir de esta teoría surge la posibilidad de que este efecto tenga mayor o menor eficacia dependiendo del ADN de cada persona. Teniendo en cuenta lo anterior, también existe la posibilidad de que los voluntarios a los que se les aplica el placebo al contagiarse produzcan una cantidad mínima de opioides endógenos, lo cual los lleve a experimentar síntomas fuertes. 


Además del efecto placebo, en los ensayos clínicos puede darse una reacción adversa que es conocida como el efecto lessebo. El cual consiste en que un paciente que haya sido inoculado con la vacuna experimental piense que es del grupo control y por lo tanto, el medicamento no funciona de forma adecuada. De manera inconsciente el organismo del voluntario genera resistencia a la vacuna y esta pierde su efectividad. De nuevo la mente nos juega una mala pasada. Hoy en día, uno de los argumentos de los colectivos antivacunas para intentar deslegitimar los procesos entorno a la vacunación se basa en los resultados de estos dos tipos de efectos. 


Aunque, el tiempo de elaboración de una vacuna tiene un estimado de cinco a diez años, los laboratorios que investigan al SARS-CoV-2 afirman que, la creación de su vacuna apenas tardará entre 12 y 18 meses. Por la brevedad del proceso y por la imperiosa necesidad de una vacuna para la humanidad, gracias a un nuevo efecto placebo de connotación mundial, terminaremos aceptando la “acción positiva” de estos medicamentos sin importar sus efectos secundarios o reales.

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