#EnContexto

El dolor que no desaparece

Desaparición forzada en Colombia


En el marco del conflicto armado en Colombia, la desaparición ha sido uno de los delitos más impactantes y desalentadores. El Centro Nacional de Memoria Histórica hace una referencia aproximada a 80.472 víctimas de desaparición, mientras que La Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas afirma que son cerca de 120.000. La desaparición forzada es considerada una de las prácticas represivas más atroces de las que se han valido distintas organizaciones de poder que con el tiempo han abordado a miles de familias bajo una violencia capaz de producir terror, de causar sufrimiento prolongado e incluso de pausar el desarrollo de comunidades y territorios enteros.


La complejidad del conflicto armado y de la violencia política en el país ha planteado enormes retos. Las personas que desaparecen y sus familias no solo se encuentran en un estado absoluto de vulnerabilidad e indefensión, muchos de ellos también son casos de abandono por parte del Estado, pues es claro que, frente a la dimensión y características de este crimen establecido como delito de lesa humanidad, hace falta una acción estatal eficaz que permita garantizar la reparación de las víctimas e identificar los propósitos de los autores intelectuales de estos hechos.


Las desapariciones forzadas no solo han hecho posible visibilizar el contexto de violencia que durante años hemos vivido como sociedad, también nos permiten cuestionarnos los escenarios de movilidad y de solidaridad de unos a otros. El golpe de la violencia, quizá el más fuerte con el que nace cada colombiano, se nutre a diario de los rastros de indolencia, silencio e indiferencia que con el tiempo nos abordan como sociedad. La Declaración sobre la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas determinó que “las desapariciones forzadas afectan los valores más profundos de toda sociedad respetuosa de la primacía del derecho, de los derechos humanos y de las libertades fundamentales y que su práctica sistemática representa un delito de lesa humanidad” (citado por CNMH, 2014, página 229).



 

Víctimas


Según la ley colombiana son víctimas de desaparición forzada no solo quienes la han padecido directamente sino también quienes hayan experimentado la pérdida directa debido a la desaparición de un ser querido. En ese sentido, “las víctimas de desaparición forzada son, en primer lugar, a quienes se les violan múltiples derechos humanos; en segundo lugar, sus familiares; en tercer lugar, toda la sociedad” (CNMH, 2014, página 23-24).


Víctima: La persona que ha sido sometida a desaparición forzada en los términos del artículo 165 de la Ley 599 de 2000. También lo serán los familiares de la víctima directa, que incluye al cónyuge, compañero o compañera permanente, y familiar en primer grado de consanguinidad, primero civil de la víctima directa de desaparición forzada, así como otros familiares que hubieren sufrido un daño directo como consecuencia de la desaparición forzada (Ley 1408, 2010).


La realidad de las víctimas por desaparición forzada no solo se sitúa en el sufrimiento del ser humano, se acomoda en la tranquilidad de todos aquellos que olvidan. Las organizaciones defensoras de las víctimas y de los derechos humanos se han convertido en el rincón tranquilo que resguarda a estas familias para las que, cierto día, el reloj dejó de correr. Los familiares de las personas desaparecidas no solo toman significancia como seres individuales que hacen parte de una sociedad, tampoco deben tomarse como el apartado de una comunidad dolida. Al contrario, son personas que se reconocen entre ellas por su constante lucha vehemente y por volver a unir aquello que ha sido roto a la fuerza.



 

Daniel Alfonso Velásquez Buriticá: La historia de su desaparición


Dolor. Diría que es una palabra que pocos conocen de verdad y fue la razón por la que me decidí a buscar distintas definiciones por internet. En su mayoría, reúnen una aceptación unánime y afirman que el dolor es conocido por el hombre desde los aspectos íntimos, personales, que por lo general parecen inentendibles. Me resulta fácil pensar que entonces aprendemos a utilizar la palabra dolor para poder expresarlo, de otra forma no estaría segura de que fuera tan fácil pronunciarse frente a ella.



La violencia nunca ha dado respiro en Colombia, secuestros, asesinatos, extorsiones, entre otros. El año 2004 fue quizá el inicio del repunte de la violencia, pues según cifras de Medicina Legal fueron asesinadas 9.612 personas únicamente en este año. Los departamentos más afectados fueron el Valle del Cauca con 4.290, seguido de Antioquia con 2.272, Bogotá 1.600, Risaralda 785 y Norte de Santander 665. Este año fue un escenario dulce para este tipo de actos atroces pero, como si fuera poco, crecía otro flagelo. Estamos hablando de desaparición forzada. En lo corrido de este año para el olvido se reportó un total aproximado de 3213 personas privadas de su libertad por medio de la desaparición forzada. Aunque esta cifra se divide entre liberados, fallecidos o personas que nunca fueron encontradas, nos habla de un desentendimiento que era cada vez más marcado por parte del gobierno de la época y que de alguna manera, todavía no cambia.


Es 04 de octubre del 2004. Daniel Alfonso, mi primo, se prepara para ir a la universidad igual que todos los días. Su mamá, Julia Inés Buriticá, lo describe como un niño integral, noble, inteligente y muy amoroso. “Daniel siempre estaba para mí, siempre que lo necesitaba él estaba a mi lado. Era un niño muy atento, amoroso y muy sensible”. Para Lina, su hermana mayor y con quien a mi parecer pudo compartir la versión completa de sí mismo, Daniel era un hombre de los que ya no hay. Lo consideraba su apoyo y sobre todo lo describe como su mejor amigo. Parecería posible afirmar que al ser parte de la misma familia, todos podrían decir algo sobre Daniel, seguramente sí; pero para este escrito, elegí a las miradas más honestas que lo conocieron. “Yo tengo una perspectiva o una sensación diferentes a la de mis papás porque uno como hijo no se muestra igual con todos. Daniel era sensible, muy ingenuo y pasado de noble, muy perfeccionista e inteligente”. Lina me cuenta que Daniel y ella, por ser los mayores de la casa, eran muy unidos. "Yo recuerdo que a la hora que yo llegara, él llegaba a mi cuarto y siempre se sentaba a un lado mío a hablar de lo que nos pasó en el día, contarme sus cosas. Le encantaba cada vez que sonaba una canción llamarme para que la escuchara junto a él. Le gustaba mucho la música, más que la televisión. Incluso, si tenía el televisor encendido estaba en un canal de música. Lo que más recuerdo de él eran sus canciones".




Ese día, Daniel salió de su casa hacia la Universidad Javeriana en donde estaba estudiando Ingeniería de sistemas, iba en quinto semestre. Ese día iba con un trabajo que tenía que presentar con varios compañeros. Hacia las cuatro de la tarde uno de sus compañeros llamó a Julia, su madre, para preguntar por qué Daniel no había asistido a la universidad. "Desde ese momento me dio mucha angustia porque Daniel siempre me decía para dónde iba y me avisaba si se iba a demorar o si se iba para algún otro sitio. Nosotros salimos a buscarlo inmediatamente porque eso no era algo normal en él. Ahí fue donde comenzó nuestra búsqueda". Nuestra familia buscó a Daniel en cuanto lugar se aparecía por sus mentes. Lo buscaron al rededor de la universidad, tomando el camino que él también habría tomado desde su casa, puesto que se iba caminando. Lo buscaron en el Parque Nacional y el primer día se amanecieron buscándolo. Lo buscaron en los lugares más recónditos. "Entramos al Cartucho, que hasta hoy ha sido el lugar más peligroso de Bogotá. Recuerdo que levantábamos las cobijas de las personas en la calle para saber si en alguno de los casos, resultaba ser él".




La desaparición de Daniel ha sido un golpe fuerte para la familia llena de una incertidumbre horrible, pero, sobre todo, para su mamá. Lina me contaba que cuando su mamá sale a la calle lo primero que hace es buscar a Daniel en todos los rostros que ve. Mientras tanto, Julia, su madre, afirma que para ella las posibilidades siempre han sido y serán infinitas y que su corazón y ella misma no piensan descansar hasta encontrar a su hijo. La ida a medicina legal es horrible, es lo que menos me gusta. Nos ponen a ver unos álbumes con fotos, las fotos de los muertos tal cual quedaron. Son ojos abiertos, cuerpos deteriorados, golpes, cortadas, en un muy alto índice son personas indigentes entonces están muy degradados. Todas son miradas tan tristes, absolutamente todas son miradas de abandono. Entonces uno dice no sé si quiero que esté ahí o no quiero que esté. No quiero que esté, pero la búsqueda sigue igual. Por otro lado, encontrarlo así también es muy duro porque no quisiera pensar que vivió sus últimos años como esas personas muestran que vivieron.



Perder a alguien parece la peor situación del mundo, y cuando digo perder me refiero a la muerte. ¿Pero qué sucede cuando un día la vida te cambia por la ausencia desconocida? La ausencia de alguien que un día se duerme a tu lado y a la siguiente noche estás buscándole en soledad. La sensación de no ver más a tu hermano, pero sentir lo que él puede estar sintiendo. La sensación de no volver a ver a tu hijo y sobre todo, la incertidumbre. Diría que ese es el único contexto en el que se entiende el dolor, en el que se resignifica lo que verdaderamente es perderse a través del otro.




Para Daniel, con todo el amor. Vuelve.






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