#EnContexto

Devuelta al “te cuento”


Freepik (2020). Foto de una mujer creada por Drobotdean.

Siempre nos han dicho que el conocimiento está en los libros, como si en esas compilaciones de hojas y palabras encontráramos la respuesta a todo. Mientras que poco valor y legitimidad se le ha dado al conocimiento que no está en las bibliotecas, sino que más bien lo encontramos en casa al escuchar las historias del abuelo o en las usanzas reproducidas por nuestros pueblos indígenas. Más sin embargo, con la adaptación de las nuevas tecnologías y la digitalización del saber, la sociedad académica ha empezado a reconocer y establecer por igual tanto a la oralidad como a la escritura. 


Si bien, la oralidad fue la principal fuente de conocimiento y verdad para las primeras civilizaciones y culturas, con el paso del tiempo, la invención de alfabetos, el oficio de copista y más tarde con la aparición de la imprenta, la escritura se posicionó como fuente legitimadora de las producciones intelectuales que empezaban a surgir. Y lo que marcó la gran diferencia, era la posibilidad de lo escrito para perdurar en el tiempo, mientras que lo oral se empezó a considerar como  algo efímero, incierto y de poco valor; inútil para construir verdades.


Walter Ong, en su texto Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra, afirma que la comunicación y, en sí, los lenguajes están libres de contextos y hacen posible que las personas puedan interactuar entre ellas. Siguiendo ese orden de ideas se establecen dos tipos de comunidades desde las herramientas que utilizan para relacionarse y crear conocimiento. Por un lado, las comunidades de oralidad primaria, en donde existe una ignorancia hacia la escritura, bien sea porque son ágrafas (no existe la escritura dentro de su comunidad) o porque son analfabetas (no saben leer ni escribir) y se establecen a partir de la oralidad. Por otro lado, las comunidades de oralidad secundaria, en las que la comunicación y el saber dependen de la escritura y la imprenta para desenvolverse en una sociedad.


Y es que no siempre la estrella fue la escritura. Por mucho tiempo, pensadores como Platón, sostuvieron la idea de que esta “destruía la memoria, generaba una dependencia a un recurso exterior, diferente a los internos, y debilitaba el pensamiento humano”. Basta como ejemplo, la costumbre como fuente principal de varias disciplinas como el derecho, el comercio, la medicina e inclusive la matemática. Durante varios siglos la tradición oral fue la base para el desarrollo de muchos pueblos y comunidades. Pero con el auge de la escritura pareciera que todo el saber que antes se había creado hubiera perdido importancia.  


Aunque se ha dicho que existe un rompimiento entre lo oral y lo escrito, esto no se dio de forma inmediata, pues no podemos negar que hubo un momento en el que ambas fuentes coexistieron y legitimaron por igual los conocimientos que iban surgiendo; debido a que la reproducción de manuscritos a cargo de los copistas tomaban mucho tiempo y esto dificultaba la difusión de la información por este medio. 


Claramente el auge de la escritura y su importancia como único criterio de verdad se dio gracias a la invención de la imprenta, el historiador Roger Chartier en su texto El presente del pasado, Escritura de la historia, historia de lo escrito dice: “Es claro que con la imprenta se ampliaron a la vez el público de los lectores y la familiaridad con los libros […] la imprenta aseguró la difusión de los textos clásicos y sabios más allá de los medios restringidos que solían leerlos en la cultura manuscrita”. Y más tarde con el nacimiento del positivismo la oralidad, al ser subjetiva, se suprime por completo como una posible fuente. 


Hay que mencionar, además, que la escritura como principio de producción de conocimiento es una tendencia occidental. Culturas como las africanas consideran que la memoria colectiva a través de la tradición oral es fundamental. De hecho, sus sociedades de saber y poder se dan a partir de una cadena de transmisión de conocimiento desde la verbalidad. Y sin importar en qué hemisferio nos encontremos la escritura es muy importante para la evolución del intelecto humano, pero la oralidad también lo es. 


El problema de tener a la escritura como único medio legitimador del saber producido, es que dichas producciones llegan únicamente a las personas letradas o lectoescritoras y se cohíbe de recibir del conocimiento intelectual a los millones de analfabetas del mundo. Esto es muestra de que la academia es una comunidad especializada que privilegia a unos y excluye a muchos. Bien dijo Noam Chomsky: “La idea básica que atraviesa la historia moderna y el liberalismo moderno es que el público debe ser marginado. El público en general es visto no más que como excluidos ignorantes que interfieren, como ganado desorientado.”


Ahora, es necesario frenar el imaginario que se tiene frente a la idea de que, en pleno siglo XXI ya no existen sociedades analfabetas. Según el último reporte del Instituto de Estadística de la UNESCO (2018) hay 750 millones de personas analfabetas a nivel global, el sur de Asia y el continente africano son las regiones con la tasa de alfabetización más baja en todo el mundo, en concreto Afganistán (32%), Níger (31%) y Chad (22%). Para América Latina y el Caribe la tasa de analfabetismo corresponde al 4% de la población mundial, eso es aproximadamente 32 millones de personas. Lo anterior, da muestra de que la escritura no ha llegado uniformemente a todos (producto de la pobreza y la desigualdad social) y que sí, aún en pleno siglo XXI hay poblaciones enteras que desarrollan sus saberes y prácticas sociales desde la oralidad primaria. 


De acuerdo con Walter Ong, aunque “el habla es 100% natural para los humanos, la escritura y tecnología también son factores que inevitablemente se conectan con el inconsciente de las personas y, hoy en día, se naturalizan en el desarrollo de cada individuo.” En otras palabras, a medida que las sociedades van desarrollando ciertos aspectos externos a su naturaleza, estos poco a poco, se van estableciendo en ellas. Gracias a la tecnología y las nuevas reinterpretaciones que nos ha traído, es usual que muchos hagamos parte de una comunidad fusionada entre la oralidad primaria y secundaria.


El desarrollo tecnológico ha permitido que la academia flexibilice su posición respecto a la fuente oral como medio legitimador del conocimiento. Esto se da gracias a la digitalización y el resurgimiento de plataformas encaminadas a archivar y documentar tanto a la escritura como a la oralidad. Es necesario enfatizar que a través de recursos multimedia como los podcast, videos, audiolibros, videoconferencias, entre otros, la oralidad se empieza a equiparar con lo escrito en un sentido temporal y tangible, lo que le quita la noción de efímero e incierto. 


Para John Thompson en su libro Comunicación y contexto social, publicado en el año 2004, “el desarrollo de los media ha transformado la naturaleza de la producción simbólica y el intercambio en el mundo moderno”. Por medio de estas nuevas dinámicas y la posibilidad misma de almacenar el saber y la memoria colectiva se ha ido reproduciendo, guardando y compartiendo el intelecto humano. 


Está claro que la tradición oral no necesita de recursos económicos o jerárquicos para que se dé, mientras que la escritura, en muchos casos, se fundamenta en factores y condiciones socio-económicas para adoptarla. Mas con la apropiación de las tecnologías y la Internet, el poder que abarca la oralidad primaria y la secundaria se ha materializado y compartido, con más individuos, forjando una memoria colectiva que hace al saber más accesible y asequible para todos. Sin embargo, no se puede negar el hecho de que la Internet no es un mass media y que aún, existe una gran dificultad para transmitir de manera masiva el saber intelectual.



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