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#EnContexto

Año nuevo, vida nueva, más alegres los días serán …




Año nuevo, ¿vida nueva? Inocentemente, tenemos en nuestro imaginario la idea de que el fin de un año es, automáticamente, el inicio de una nueva realidad, un nuevo capítulo. Pero lo cierto es que lo mágico de esta idea se queda en un simple anhelo. A finales del 2020 me encontré con muchos mensajes, posts y comentarios que hacían alusión a la idea de que la llegada del 2021 cambiaría significativamente la compleja realidad que trajo consigo el covid-19.


Pero lo real, y de acuerdo con el Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins, es que entre el 20 de diciembre de 2020 y el 28 de enero del 2021 se han contagiado 3 millones 75 mil personas y han muerto aproximadamente 62 mil por SARS-CoV-2 (este es sólo uno de los cuatro tipos de coronavirus que están en el ambiente). De entrada, estas cifras nos comprueban que el inicio de un nuevo año no es suficiente para acabar con un virus que, tan sólo en 12 meses, le ha quitado la vida a más de dos millones de personas.


Entiendo que parte de nuestra ilusión porque este año fuera diferente se debe a los anuncios de las autoridades mundiales con la noticia de que ya se había aprobado la primera vacuna, la segunda, la tercera … y lo mejor que este 2021 sería el año para que iniciaran las campañas de vacunación global. Pero lo que no se dijo, o lo que no se analizó, es que un proceso de esta magnitud no se logra de un día para otro. Ignoramos lo que se venía después de encontrar una vacuna, y era la guerra del primer mundo por acaparar aquellos medicamentos que les permitirían combatir a un oponente tan poderoso como el coronavirus. El enfrentamiento entre grandes potencias no sólo es por los recursos, sino también por el conocimiento.


Desde que nos enfrentamos a esta pandemia mundial, creímos, repetimos y juramos que todo mejoraría una vez se lograra una vacuna que garantizara inmunidad o, por lo menos, cierta protección ante el SARS-CoV-2. Sin embargo, reflexionando sobre la actual situación, noto con desazón que el covid-19 no es el único limitante para que nuestras vidas retornen a la normalidad.


Aunque ya iniciaron campañas de vacunación alrededor del mundo, hay muchos países (incluyendo a Colombia) que a la fecha no han empezado un programa de inoculación masiva. Según el artículo Coronavirus vaccines: expect delays, del medio The Economist, tan sólo 19 países de los 193 que hay en el mundo, han iniciado un proceso de vacunación, es decir sólo el 9,8% del total de países en el planeta Tierra.


Recurso gráfico tomado del diario La República.

Además de ser un asunto de excesiva demanda global, es el reflejo de uno de los grandes problemas mundiales y lo conocemos como desigualdad. Según el Premio Nobel de Economía (1998) Amartya Sen, la desigualdad se centra en la capacidad de elegir o la libertad de elección que las sociedades deben promover, tiene que ver con el conjunto de oportunidades en bienes fundamentales o libertades sustanciales que la gente puede ejercer o no.


La desigualdad es un mal al que como humanidad hemos estado expuestos desde siempre, pero lo absurdo es que después de tantos millones de años sigamos normalizando y aceptando prácticas con ventajas para unos y miseria para otros. Actualmente, los países tercermundistas (menos desarrollados) y también gran parte de los que están en vía de desarrollo, se enfrentan a este virus, tan agresivo, sin los recursos financieros para competir con las grandes potencias a la hora de adquirir las vacunas.


Está claro que existe un colapso en la industria de laboratorios por la demanda de sus vacunas. No obstante, no podemos ignorar que los países más ricos han acaparado la mayor cantidad de dosis posibles y las farmacéuticas no son la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las farmacéuticas no están pensando en el bienestar de la humanidad, y sus acuerdos “ultrasecretos” con los Estados no son otra cosa que el manejo de precios para venderse ante el mejor postor.


De acuerdo con el artículo Coronavirus vaccines: expect delays, los países más pobres vacunarán a la mayoría de la población adulta hasta el segundo semestre del 2024 mientras que las grandes potencias logran su meta a mediados del 2022. Al 22 de enero del presente año, países como Israel y Emiratos Árabes han vacunado a más del 20% de su población. En contraste, muchos países en África y Sudamérica aún siguen en la espera a que sus gobiernos logren acuerdos con las farmacéuticas para adquirir las primeras dosis de las vacunas.


Por semanas nos han dicho, y nos seguirán diciendo, que este desequilibrio entre los países que vacunan y los que aún no han podido se debe a la demanda de producción de las farmaceúticas, pero es momento que también se hable de los acuerdos comerciales entre las empresas y las grandes potencias mundiales, como ya lo había mencionado anteriormente. Basta como muestra, el caso de Canadá que compró 358 millones de dosis a pesar de sólo tener 37,6 millones de habitantes.


El actual conflicto no se reduce, exclusivamente, a las competencias entre los países primermundistas, sino que también se vincula con las políticas públicas de varios Estados. Más que ser planes públicos, son políticas envueltas en la corrupción y el mal manejo de recursos estatales. Una de las grandes lecciones que nos ha dejado el coronavirus es que muchos gobiernos no estaban preparados para atender una crisis en sus sistemas de salud a tal nivel porque, simplemente, sus programas y políticas ya estaban en total y rotunda decadencia.


Tampoco se puede olvidar que, los países más pobres o en vía de desarrollo no cuentan con lo necesario para llevar a cabo este tipo de campañas masivas. Para ejecutar un plan de inoculación nacional, además de la fase de adquisición de las dosis, se requiere de una fase operativa que garantice infraestructura, insumos y personal de la salud especializado en esta rama. Ahora bien, lo cierto es que no contamos con las formas de cubrir dicha demanda de requisitos técnicos y humanos.


Aunque Yuval Harari, en su texto Homo Deus, sostiene que “en las últimas décadas hemos conseguido controlar la hambruna, la peste y la guerra” (los tres mismos problemas de siempre); yo creo que este último año y lo que llevamos del actual son la muestra de que, estos problemas no es que se hayan controlado, sino más bien es que nos hemos deshumanizado a tal punto que la indiferencia reina por encima de todos y todo.


Quizás nos hemos mantenido al margen dormidos, pero lo que ha pasado en los últimos 13 meses demuestra que el despertar de cualquiera de estos tres problemas nos puede conducir si no a la desaparición de la especie, a disminuirla de forma significativa. Recordemos el ejemplo histórico de la peste negra, en Europa, cuando esta mató a la tercera parte de la población. Se le ha atribuido la responsabilidad de todos nuestros males al covid-19, pero sinceramente este virus sólo fue un lente claro para visibilizar aquellas problemáticas que nos aquejaban desde hace mucho como humanidad.


La crisis generada por el covid-19 no se soluciona con la creación de una vacuna. En cambio, lo que sí prueba es que el único que se salva de este mortal virus es el rico que tiene para pagar un médico particular, el país que tiene para comprar una vacuna, la potencia que tiene el dinero como su fiel amigo.


Pero, ojo, no todo está perdido. Sin importar nuestra capacidad para hacer o ser, nuestra riqueza o poder; la mejor vacuna, por ahora, ante este virus sigue siendo el lavado de manos, el uso del tapabocas y el distanciamiento social.



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